Magia. Salís un día desde Florencia, recorrés los paisajes de la región de Chianti (esas lomas toscanas que parecen modeladas, alfombradas por viñedos y casas que literalmente las recortás y te sale un cuadro), y de repente, se desata una tormenta de esa que los relámpagos rascan la tierra. Y hasta se ven que caen como cuchilladas.  Entonces, en poco más de dos horas llegás a Siena castigado por una cortina de agua al atardecer.

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No se ve casi a lo lejos. Y entonces, después de buscar hotel junto a la muralla y dejar todo, se hace de noche. La lluvia ha claudicado y quedarse en el hotel es un crimen impensable.

Magia. Empezás a caminar, y de repente, te preguntás si alguno de los rayos que caían en la carretera no le dio de lleno al coche, y como el DeLorean de Volver al futuro (o Regreso al futuro), viajaste en el tiempo. El silencio no invita ni a hablar. Las calles están casi vacías, el ambiente es húmedo, y las personas caminan a contraluz y en penumbras. Por un momento podés dudar si cambiaste de siglo. Eso es Siena. (Seguir leyendo en Unviajeincreible.com)

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